Desafíos de la Autonomía en Bolivia: Entre la Centralización y la Propuesta del 50-50
Por Liseth Cortez · 29 de July de 2026

Bolivia, desde sus inicios como república, ha enfrentado problemas de exclusión social y un fuerte centralismo, que han moldeado su estructura política y cultural. Esta situación ha llevado a una concentración del poder en el centro del Estado, dejando a las regiones en una posición de dependencia y marginalidad, independientemente de si los gobiernos son de izquierda o derecha.
Los gobernantes, a menudo más preocupados por mantener su control, han evitado explorar modelos alternativos de organización política y territorial que no amenacen su permanencia en el poder. A lo largo de la historia, se ha priorizado una búsqueda de soluciones momentáneas en lugar de abordar un cambio estructural que permita democratizar el poder y otorgar mayor autonomía a las regiones, que siguen luchando por recursos básicos ante la burocracia central.
A pesar de que la Constitución de 2009 estableció un modelo autonómico, la distribución de recursos entre el Estado central y las regiones no ha logrado encontrar un equilibrio. La implementación efectiva de la autonomía ha sido obstaculizada por decisiones políticas del gobierno del Movimiento Al Socialismo, que ha creado un marco normativo que limita el ejercicio de competencias de las entidades territoriales autónomas.
Además, el papel de los alcaldes y gobernadores ha sido cuestionado por su falta de acción frente a la recentralización del poder. En este contexto, la propuesta de Rodrigo Paz de dividir equitativamente el 50% de los ingresos nacionales entre gobernaciones y gobiernos municipales busca reavivar el debate sobre la autonomía, aunque enfrenta el reto de su viabilidad en tiempos de restricciones económicas.
La posibilidad de avanzar hacia una autonomía incremental, a través de concesiones presupuestarias graduales, parece más tangible que la búsqueda de una autonomía plena. Esto abriría la puerta a un nuevo modelo de distribución de recursos, que podría fundamentarse en diversos criterios, como la población o el desarrollo, aunque plantea la cuestión de si este acuerdo dejará de ser una mera disputa entre regiones y el eje económico del país.
Es fundamental reconocer que la autonomía aún no ha logrado convertirse en una necesidad social ampliamente compartida. La falta de comprensión sobre sus implicaciones y la ausencia de una pedagógica que explique su importancia han hecho que la autonomía no forme parte del discurso público.
Para que la autonomía adquiera valor social, es esencial que la población se sienta parte de ella. Esto se puede lograr fomentando la participación ciudadana en la toma de decisiones y en la elaboración de Proyectos Regionales de Desarrollo. Solo así se podrá trascender el concepto superficial de autonomía y permitir que las regiones se autogobiernen efectivamente.
El gobierno ha advertido que la distribución del 50% no solo implicará una redistribución de recursos, sino también de responsabilidades y una nueva institucionalidad. Este proceso debe ser abordado con cautela, para evitar que se fortalezcan las estructuras centrales a expensas de las regiones.
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